La transformación (La Metamorfosis), Kafka

Buscando un sentido alternativo
Pero ¿Y si, si bien es válido encontrar a la obra múltiples sentidos -en función, obviamente, de nuestros intereses, aunque ello imprima un sesgo a la búsqueda de esos sentidos- Kafka no hubiera albergado ninguno de esos -ya canónicos- sentidos al escribir La metamorfosis?
Veamos lo que Millás en su prólogo recoge: “Dice Maurice Blanchot que aunque Kafka sólo quiso ser escritor, en su Diario íntimo se revela como algo más, de modo que una vez leído este diario, «es a él al que buscamos en su obra». Y añade: «Esa obra forma los restos dispersos de una existencia que aquélla nos ayuda a comprender, testigo inapreciable de un destino excepcional que, sin ella, habría permanecido invisible».”
Así pues “«es a él [, a Kafka,] al que buscamos en su obra»”. Busquémosle, pues.
Si queremos, porque parece ser que sí queremos, ver a Kafka en Samsa, proponemos ver en la transformación de Samsa en cucaracha, la transformación de Kafka en escritor, y en base a ellos, analizaremos a continuación el desarrollo del argumento.
A partir de aquí, y hasta nuevo aviso, donde aparece Kafka, se debe leer Samsa, y donde escritor, cucaracha.
Kafka un día se descubre, y se reconoce, a sí mismo como escritor, profesión que sabe que le va a alejar de una forma radical de su familia, incluso, ¿por qué no?, es posible que ni le entiendan, por -o a pesar de- ser escritor y aunque él y su familia utilicen el mismo idioma. Pero Kafka no siente odio ni rabia por el tiempo en que sí se entendían, el tiempo en que, de alguna manera, él les pertenecía (“a su alrededor todo estaba tranquilo, aunque, sin duda, la casa no estaba vacía. «Qué vida tan apacible lleva mi familia», se dijo Gregor y, mientras miraba fijamente en la oscuridad, se sintió muy orgulloso de haber podido proporcionar a sus padres y a su hermana una vida así, en una casa tan bonita.” La metamorfosis). Sin embargo, sí le preocupa cómo en el futuro su decisión de anteponer su profesión, ser escritor, impactará en sus relaciones familiares (“Pero ¿qué pasaría si toda la calma, todo el bienestar, toda la satisfacción, tuvieran ahora un espantoso final?” La metamorfosis). En ningún momento de la novela Kafka nos muestra un sentimiento negativo o vengativo para con su familia, ni tan siquiera en el más que famoso final, al que volveremos más tarde.
Leamos Carta al padre, donde Kafka objetiviza con una dureza tranquila su relación familiar (“Compáranos [le dice a su padre] a los dos: yo, para expresarlo muy brevemente, un Löwy con cierto fondo de los Kafka, pero un fondo que no entra en actividad por la voluntad de vida, de negocios, de conquista, de los Kafka, sino por un aguijón de los Löwy que empuja en otra dirección y de un modo más secreto, más recatado, y que muchas veces deja por completo de empujar. Tú en cambio un auténtico Kafka en fuerza, salud, apetito, volumen de voz, elocuencia, autocomplacencia, sentimiento de superioridad, tenacidad, presencia de espíritu, don de gentes, una cierta generosidad, pero también, como es natural, con todos los defectos y deficiencias, inherentes a esas cualidades, a que te incita tu temperamento y a veces tu irascibilidad […] al decirte esto, te ruego encarecidamente que no olvides que ni por lo más remoto he creído yo nunca en una culpabilidad de tu parte” Carta al Padre), si la comparamos con La metamorfosis, donde no hay sino muestras de amabilidad de Kafka hacia su familia (y no sólo “se sintió muy orgulloso [de su familia]”, sino que cuando la última hora está cercana, Kafka “Pensaba en su familia con cariño y emoción.” La Metamorfosis) y lo sumamos a lo indicado en el párrafo anterior, la explicación psicológica que quiere ver en La Metamorfosis el relato de un alma torturada y vengativa parece hacer aguas.
En su crecimiento -transformación- como escritor, en su búsqueda de la necesaria independencia, Kafka sabe de la necesaria separación material, y no sólo espiritual (psicológica) de su familia. Esa separación no está exenta de contradicciones y dudas, y aunque no culpa a nadie, y especialmente no a su familia, acaba aceptando ese alejamiento como algo que, más que querido, es natural e inevitable (“¿Será que ahora tengo menos sensibilidad?», pensó mientras chupaba con avidez el queso, que le había atraído enseguida más que cualquier otra cosa. Uno tras otro, y con los ojos llenos de satisfacción, devoró rápidamente el queso, las verduras y la salsa; los alimentos frescos, en cambio, no le apetecían, ni siquiera podía soportar el olor, e incluso apartó un poco las cosas que quería comer.” La metamorfosis)
Y no es que Kafka fuera ciego a la ignominia del tratamiento paterno, sino que, ya de adulto, era capaz de tener la lucidez de objetivizar, y con ello entender -que abarca más, mucho más que el mero perdonar- al padre: “el mundo quedó dividido para mí en tres partes: una en la que yo, el esclavo, vivía bajo unas leyes que sólo habían sido inventadas para mí y que además, sin saber por qué, nunca podía cumplir del todo; después, otro mundo que estaba a infinita distancia del mío, un mundo en el que vivías tú, ocupado en gobernar, en impartir órdenes y en irritarte por su incumplimiento, y finalmente un tercer mundo en el que vivía feliz el resto de la gente, sin ordenar ni obedecer.” (Carta al Padre) ¿Encontraremos algo parecido en La Metamorfosis? No, ni siquiera cuando se entera que su padre lo engañó ocultándole que tenía fondos suficientes para pagar la deuda, Kafka, o sea, Samsa se lo recrimina: “Detrás de su puerta Gregor asentía entusiasmado, satisfecho de aquella inesperada previsión y de aquel ahorro. En realidad, con ese dinero sobrante habría podido pagar la deuda del padre con el jefe y hubiera tenido más cerca el día en el que poder librarse de ese puesto, pero ahora sin duda era mejor así, tal como lo había dispuesto el padre.” No hay ningún vestigio ni de venganza ni de acusación en La Metamorfosis, tampoco parece, así pues, que el análisis biográfico, especialmente en su aspecto de vindicación o desquite, sea una buena pista para aprehender el sentido último del libro.
Pero ese crecimiento, el de su faceta como escritor, no está libre de paradojas. Kafka, el de verdad, antes de dedicarse por entero a ser escritor, había sido copropietario junto con su cuñado Karl Hermann de una fábrica de asbesto. Kafka se arrepintió́ pronto de haberse embarcado (obviamente, bajo la presión de su familia, que deseaba verle convertido por fin en diligente ciudadano, dedicado sobre todo a acumular dinero) en esa aventura empresarial, que le robaba el poco tiempo que disponía para escribir, e incluso estuvo muy próximo al suicidio. Al estallar la guerra, la fábrica dejó de producir y en 1917 fue clausurada definitivamente. En paralelo Kafka, el de La metamorfosis -o sea, Samsa-
, “había empezado a trabajar con especial ahínco y, casi de la mañana a la noche, había pasado de ser un modesto dependiente a un representante, lo que, naturalmente, le ofrecía unas posibilidades muy distintas de ganar dinero, y cuyos éxitos laborales se transformaban de inmediato en forma de comisiones en dinero en efectivo que podía poner en casa sobre la mesa para el asombro y la dicha de su familia. Habían sido buenos tiempos”, pero llega el momento en que la naturaleza es más fuerte y le transforma en escritor -o sea, en cucaracha. Esta oposición entre anhelar ser escritor y desear ser miembro pleno y normalizado de la sociedad no le abandona ni en la vida (“Efectivamente, en su vida profesional Kafka llegó a demostrar amplias capacidades y, a pesar de sus reiteradas bajas por enfermedad, consiguió varios ascensos a lo largo de su carrera, debido seguramente a la calidad de sus informes y de sus inspecciones de trabajo para el Instituto de Seguros de Accidentes de Trabajo del Reino de Bohemia, un puesto con un horario de ocho a dos que le dejaba tiempo suficiente para leer y escribir”, Isabel Hernández Hervás) ni en la novela, aunque fuera como ensoñación delirante (“Gregor pasaba los días y las noches casi sin dormir. De vez en cuando pensaba que la próxima vez que se abriera la puerta volvería a coger las riendas de los asuntos de la familia exactamente igual que antes; en sus pensamientos volvieron a aparecer después de mucho tiempo el jefe y el apoderado, el dependiente y los aprendices, el mozo de los recados que era tan lerdo, dos o tres amigos de otras empresas, una camarera de un hotel de provincias, el recuerdo feliz y fugaz de la cajera de una sombrerería a la que había pretendido formalmente, aunque con demasiados titubeos…” La metamorfosis). El análisis sociológico también parece no compadecerse con las experiencias y expectativas de Kafka, ni como ciudadano ni como escritor.
Parece ser, que remedando lo que dice Blanchot, nos vamos acercando al sentido de la obra y ahora sí “«es a él [, a Kafka,] al que encontramos en su obra»”. Sigámosle, pues.
Kafka ama a las mujeres, y no sólo a las de su familia. Se especula, como lo hace, por ejemplo, Elías Canetti, con la posibilidad de que incluso tuviera un hijo con Grete Bloch. Y Grete (la hermana, la amante) es la única razón por la que sale de su guarida a riesgo de…
Cuando Kafka habla de la madre, y oculto tras su compasiva actuación, nos muestra que es tal vez la única que no pierde la esperanza de que algún día abandone ese anhelo de ser escritor y, por qué no, se convierta -se retransforme- en el hijo que ella desea: un padre solícito, un marido honrado, un ciudadano hacendoso: “—¿Y es que acaso no…? — concluyó la madre en voz baja, casi susurrando, como tratando de evitar que Gregor, cuya posición exacta ella ignoraba, oyera siquiera el sonido de la voz, pues estaba convencida de que no entendía las palabras—. ¿Y es que acaso no parece como si, al retirar los muebles, estuviésemos renunciando a toda esperanza de mejoría y lo abandonásemos a su suerte sin ninguna consideración? Creo que lo mejor sería que intentásemos dejar la habitación exactamente como estaba antes, para que Gregor lo encuentre todo tal como estaba cuando regrese con nosotros y pueda olvidar cuanto antes este lapso de tiempo.” (La metamorfosis)
La amante, la hermana, tanto en la vida real como en la novela, son de otro parecer: desean darle alas, desean que su transformación en escritor, aunque dolorosa y llena de renuncias, avance: “la hermana era de otra opinión; no sin razón, se había acostumbrado a hacerse pasar ante los padres como la única entendida al hablar de las cuestiones concernientes a Gregor, y por eso en esta ocasión el consejo de la madre fue para la hermana motivo suficiente para insistir en retirar no sólo el armario y el escritorio, en los que había pensado en un principio, sino todos los muebles, con excepción del imprescindible sofá. Naturalmente no fueron únicamente la tozudez infantil y la confianza que había ido adquiriendo de forma tan inesperada y difícil en el curso de los últimos tiempos lo que la había llevado a tomar esa decisión; de hecho, había observado cómo Gregor necesitaba mucho espacio para arrastrarse y, en cambio, por lo que se veía, no utilizaba los muebles para nada.” (La metamorfosis).
Cabe ya decir que en La metamorfosis no hay ni moralina ni moraleja. No hay ni ejemplos ni ejemplarizaciones. No hay llamada al deber (o sí la hay, pero en otro sentido). No hay dolor por haber sido abandonado ni odio por sentirse desamparado. No es una llamada tribal a no dejar de lado a los más débiles del grupo ni nos inquiere sobre la explotación en el trabajo. No reclama que seamos filántropos ni nos augura desdichas por no ser altruistas. No hay ni moralina ni moraleja, no es el estilo de Kafka.
Pero hablábamos de un riesgo, y ese riesgo es -está escenificado por- la atracción que la dulce (aunque tosca) música de violín, tocado por una mujer, provoca en Kafka escritor. Si alguna duda tiene, sobre su afán de escribir, de ser escritor, no le viene por sentirse incapaz, sino por temer no disponer de tiempo, fuerzas y voluntad para escribir (“El matrimonio es la posibilidad de ese peligro, aunque también la posibilidad de su mayor salvaguarda, pero a mí me basta que sea la posibilidad de un peligro”, Carta al padre). Falta de tiempo, falta de fuerzas, falta de voluntad son los tres inquilinos de los que Kafka sabe de su intimidante presencia si se deja llevar por la música -el amor, el matrimonio- de Grete, su hermana, su amante.
Una carta de Kafka a Kafka
Todos los personajes han cumplido con su papel, y Kafka nos los ha mostrado sin moralina ni moraleja, sin odio ni rencor; por el contrario, de todos aprueba su obrar y los quiere como son y por lo que hacen. Tan sólo a los inquilinos, que aparecen junto con la dulce, aunque tosca, música de Grete -su hermana, su amante- los dibuja unidimensionales, negros sin fisuras, amenazantes, invasores: devoradores de tiempo, fuerzas y voluntad.
Samsa le dice a Kafka que ya toca el fin, y que “[s]u propia opinión respecto a que debía desaparecer era si cabe más decidida que la de su hermana.” (La Metamorfosis). Y no sólo asume y se hace responsable de la decisión de ser, sobre todo y ante todo, escritor (recuerde y aplique el lector el trato sobre trasponer las palabras Kafka y escritor), sino que acaba la carta anunciándole -de hecho, recordándole- que su decisión no traerá la desgracia sobre su familia, que su familia, y en particular Grete, “se había convertido en una joven lozana y hermosa” (La metamorfosis).
Siendo que tal vez el quid de la cuestión, la quintaesencia de esta interpretación se base en la relación Kafka Grete, ruego me sea permitido aportar dos últimas voces como argumentos a favor de entender La Metamorfosis / La transformación como carta de Samsa/Kafka a Kafka/Samsa:
Argumento 1, de la mano del propio Kafka:
“Según una opinión extendida, el miedo al matrimonio viene a veces de que se teme que los hijos le hagan pagar a uno más tarde las faltas cometidas con los propios padres. En mi caso, creo, eso no tiene demasiada importancia, pues mi sentimiento de culpa procede en realidad de ti, y además está demasiado impregnado de ese carácter único que le es propio, es más, la sensación de ser algo único pertenece a su torturante esencia: impensable que pueda darse otra vez. Pero, con todo, tengo que decir que a mí me resultaría insoportable un hijo tan mudo, abúlico, seco, decaído; si no me quedara otra salida, yo seguramente huiría lejos de él, emigraría, como querías hacer tú por culpa de mi matrimonio. O sea, mi incapacidad para el matrimonio también puede ser debida a eso.
“Pero mucho más importante al respecto es el miedo en cuanto a mí mismo. Eso hay que entenderlo del siguiente modo: ya he insinuado que con mi quehacer literario y con todo lo relacionado con esa actividad he hecho pequeñas tentativas de independencia, tentativas de evasión de mínimo éxito, que apenas llevarán más lejos, hay muchas cosas que me lo confirman. Y sin embargo es mi deber, o mejor dicho, la esencia misma de mi vida, velar por ellas, no dejar que se acerque a ellas ningún peligro que yo pueda ahuyentar, y ni siquiera la posibilidad de tal peligro. El matrimonio es la posibilidad de ese peligro, aunque también la posibilidad de su mayor salvaguarda, pero a mí me basta que sea la posibilidad de un peligro. ¡Qué haría yo si el matrimonio fuera en efecto un peligro! ¡Cómo iba a poder seguir viviendo en el matrimonio con la sensación, tal vez indemostrable pero en cualquier caso innegable, de ese peligro! Sin duda, frente a ese dilema puedo vacilar, pero la decisión final está clara, tengo que renunciar. La comparación del pájaro en mano y ciento volando sólo se puede aplicar aquí muy relativamente. En la mano no tengo nada, volando está todo y sin embargo -así lo determinan las condiciones del combate y las necesidades de la vida- tengo que elegir la nada. De modo semejante tuve que proceder al elegir profesión.” (Carta al padre, Frank Kafka)
Argumento 2, de la mano conjunta de Isabel Hernández Hervás, traductora y epiloguista de La metamorfosis, y otra vez del propio Kafka:
“Las consecuencias de este conflicto entre las obligaciones externas y las internas se reducían en realidad al continuo sentimiento de culpabilidad que tuvo siempre respecto de su familia y que quedó plasmado de forma extraordinaria en La metamorfosis. Seguramente por ello fracasaron todos sus intentos de contraer matrimonio, fundar una familia y tener hijos, pues renunciar a su vida de soltero era para él tanto como traicionar a la literatura, en la que él veía su único destino, tal como escribe en 1914:
«La vida de funcionario podría ser buena para mí si estuviese casado. Me ofrecería un buen respaldo en todos los sentidos, frente a la sociedad, frente a la esposa, frente a la literatura, sin exigir demasiados sacrificios y sin degenerar por otra parte en una vida comodona y carente de independencia; porque, estando casado, no tendría que temer semejante cosa. Pero, como soltero, no puedo llevar a buen fin una vida así. […] Desde el punto de vista de la literatura, mi destino es muy simple. El sentido de la descripción de mi ensoñadora vida interior ha desplazado todo lo demás al terreno de lo accesorio y se ha atrofiado de un modo terrible, y no cesa de atrofiarse. Nada más podrá satisfacerme nunca.[…]»” (La metamorfosis, “Título original: Die Verwandlung, Franz Kafka, 1915. Traducción: Isabel Hernández. Ilustraciones: Antonio Santos. Epílogo: Isabel Hernández. Editorial Nórdica Libros, Madrid, 2015)
Epílogo
El argumento, aún partiendo de un hecho fantástico, es tremendamente realista en su desarrollo (“Así pues, el que parecía el autor del absurdo se nos revela de súbito como el escritor del sentido. Y el libro que se nos venía presentando como una novela de terror deviene ahora en un relato de humor. Lo curioso es que todo ello, referido a La metamorfosis, es rigurosamente cierto. Más aún: tratándose de una novela fantástica, La metamorfosis es al mismo tiempo sorprendentemente realista.” Juan José Millás, prólogo a La metamorfosis), pero lo es con una lógica interna nada sencilla -como suele ser la vida misma- y la complejidad de un texto sólo en apariencia sencillo no puede ser abarcado por una sola explicación. Por ello nada más lejos de nuestra voluntad que afirmar haber dado con el sentido, si no tan sólo con un sentido, por mucho que pensemos -y lo pensamos- que este sentido, el de explicarse vía epístola uno a sí mismo algo, se acerca más que cualquier otro sentido biográfico, psicológico o sociológico -incluso metafísico-, aunque sea no más que por la mera razón de evitar cargar de moralina o moraleja a Kafka, o lo que viene a ser lo mismo, aunque no sea igual, a Samsa.